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PRIMERAS CAMPAÑAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRIMERAS CAMPAÑAS

 



Hacia el 22 de julio ya se podía decir que en España había guerra, y no una simple rebelión y la resistencia contra ella. Las milicias de los sindicatos y los partidos empezaron a considerarse soldados al mismo nivel que la guardia de asalto o el ejército regular. Los generales del bando rebelde organizaron columnas según el modelo que habían utilizado durante las guerras de Marruecos para rematar la revolución.

Desde el bando sublevado el general Mola, enfrentándose a una situación sin precedentes, trataba de organizar el esfuerzo bélico con todo lo disponible. En la zona sublevada del norte controlada por su mando debía convertir a la amalgama de fuerzas regulares, guardias civiles, grupos de voluntarios falangistas y requetés carlistas en unidades de combate organizadas. Pronto estuvo en disposición de ello dando a sus fuerzas el nombre de “nacionales”, término erróneo claro ésta, pero que les daba la apariencia de ser el único ejército de España luchando frente a un ejército extranjero. Las primeras operaciones de este ejército fueron el intento de socorrer la plaza de Guadalajara, situada al sur de sus posiciones, pero ésta ya había sido dominada por fuerzas afectas a la República. Otras columnas se dirigieron desde Valladolid a Madrid, contaban con un ilimitado entusiasmo, pero el entusiasmo no suplía la carencia de municiones y su avance quedó detenido en la sierra de Guadarrama.

Por parte republicana la desintegración del Estado había creado los mismos problemas logísticos que en la zona nacional. Era necesario la creación de un ejército disciplinado y efectivo pero aquí los problemas eran mucho más complicados. Cada partido político, cada sindicato, organizaba su propia milicia. Desde Barcelona, columnas de fervientes revolucionarios partían en coches, camiones, incluso autobuses, hacia la conquista de las ciudades de Aragón. Entre ellas se encontraban representantes del anarquismo, socialistas, milicias del POUM, comunistas y algunas fuerzas del extinto ejército regular. Sin embargo, la estructura y el mando militar de estas milicias no existía prácticamente. Cada milicia luchaba por sus propios objetivos, no fue de extrañar que ante a un frente prácticamente indefenso quedaran detenidas a pocos kilómetros de las tres capitales de Aragón. La dirección táctica era nula, los nacionales que defendían el frente, inferiores en número y peor armados contaban sin embargo con la disciplina y eficacia de un mando único por lo que obtenían una superioridad que no tenían sobre el papel.

En el centro como ya se ha comentado, el avance de Mola había sido detenido en Guadarrama. Las batallas del Alto León y Somosierra se libraban con una acusada escasez de medios pero con una ferocidad extraordinaria. Los republicanos jugaban con ventaja en estos encuentros porque la cercanía de Madrid les daba una superioridad logística clave para el mantenimiento de la defensa. Los combates aéreos fueron poco importantes porque aunque la República tenía superioridad aérea total, sus aparatos, la mayoría anticuados o inservibles no inclinaban la balanza de modo decisivo a su causa. Las columnas que defendían Madrid habían sido organizadas como las de Barcelona, cada milicia obedecía las órdenes del partido o sindicato que las había creado. Pero ya empezaron a darse las primeras muestras de lo que posteriormente sería el Ejército Popular de la República representadas en la más famosa de las milicias republicanas que acudieron a la sierra. Era el llamado Quinto Regimiento formado por el PCE y cuyo joven comandante en jefe era el comunista Enrique Castro Delgado. Sus inspiradores habían sido los comunistas David Ortega y Vittorio Vidali “Carlos Contreras”. Bajo esta organización aparecerían algunos de los jefes militares más famosos de la guerra civil, Enrique Líster y Juan Modesto.

En el sur, la línea que dividía las dos Españas empezó pronto a alterarse. Desde su base de Sevilla los miembros del Ejército de Africa, legionarios y regulares que habían sido transportados desde el Marruecos español se prepararon para la lucha. En pocos días Huelva y la zona entre Sevilla y Córdoba pasaron a manos de los nacionales. El rápido traspaso del Ejército de Africa a la Península se había realizado en aviones alemanes lo que demostraba que la guerra civil española empezaba a mostrar signos evidentes de una internacionalización. Efectivamente el 19 de julio el general Franco realizó su primer intento de obtener ayuda de la Italia de Mussolini. El gobierno italiano respondió favorablemente al llamamiento y envió 12 bombarderos, la primera ayuda extranjera a la guerra civil. Los motivos que llevaron a Mussolini a intervenir eran básicamente sus deseos de dominar el mar Mediterráneo, por eso quería que la entrada a ese mar desde el Atlántico estuviese dominada por un gobierno amigo. El 25 de julio de julio llegaron también a Berlín los emisarios enviados por Franco a Hitler. Tras una primera vacilación Hitler accedió el 26 de julio a enviar no sólo baterías antiaéreas y aviones de combate sino un escuadrón completo de aviones de transporte Junker 52. Las razones esgrimidas por Hitler para apoyar al bando nacional eran básicamente sus temores de que un gobierno hostil dominara el estrecho de Gibraltar ante el conflicto mundial que se avecinaba. Estos aviones fueron los responsables del rápido desplazamiento de las tropas del Ejército de Africa a la Península.

Por parte republicana también se establecieron contactos análogos con las potencias democráticas europeas. En Francia, la III República francesa se identificaba lógicamente con su homóloga española. Su jefe de gobierno era León Blum, que había accedido al poder con una coalición de partidos de izquierdas representantes también del llamado Frente Popular. Blum se trasladó a Londres para tratar la cuestión española pero antes de emprender la marcha inició el envío de armas a la España republicana. En Londres el gobierno británico le mostró su preocupación. Su primer ministro, el conservador Stanley Baldwin, se mostró reacio a apoyar a alguno de los dos bandos de la guerra civil. Quería ante todo evitar que la guerra española se convirtiera en un conflicto mundial. Blum, marchó de Londres con las manos vacías y al llegar a Francia se encontró con la fuerte oposición a la política de su gobierno. Incluso su propio partido se dividió entre partidarios de una ayuda clara y decidida hacia la República y aquellos que le llamaban belicista. Así que Blum anuló las ventas de armas a España y formuló una nueva política, el Comité de No Intervención. Pronto Gran Bretaña, Italia y Alemania respondieron favorablemente al llamamiento.

El Comité de No Intervención fue un duro golpe para la República. Legalmente, cualquier gobierno legítimo podía comprar todo tipo de armas en el extranjero pero las compras de la República quedaban anuladas bajo la No Intervención. El comité se convirtió en una argucia diplomática que servía para aislar individualmente la creciente actuación de los países europeos en el conflicto español. La actuación de los Estados Unidos también fue bastante ambigua con el conflicto español. En 1936, los Estados Unidos aún no desempeñaban el papel decisivo que la historia posterior les había de guardar. Aún se encontraban en su lejano aislamiento pero ello no fue un impedimento para que una de sus principales compañías petrolíferas, la TEXACO, abasteciera al bando nacional.

Mientras tanto la guerra continuaba. El 5 de agosto Franco las principales fuerzas africanas estaban listas para iniciar el avance que les llevaría hasta Madrid. La principal columna, compuesta por unos 8.000 hombres y al mando del teniente coronel Juan Yagüe partió de Sevilla ese día. Pronto esta fuerza de combate se ganaría una triste reputación. El avance hacia el norte en territorio republicano fue llevada a cabo con inesperada brutalidad. Las columnas de milicianos republicanos que se les oponían podían luchar valerosamente pero sin una coordinación logística y apoyo recíproco quedaban expuestas a una dolorosa retirada. Por esa razón el 10 de agosto Yagüe alcanzó y conquistó Mérida tras haber recorrido un total de 300 kms. en menos de una semana. El contacto con la zona norte del general Mola quedó establecido. Pero antes de reemprender la marcha hacia Madrid, Yagüe debía conquistar la ciudad de Badajoz, cuya guarnición había permanecido republicana desde los primeros días.

La lucha por Badajoz fue la más dura sostenida por ambos bandos desde el inicio de la guerra civil. Los regulares lograron finalmente penetrar en la ciudad y la lucha continuó cuerpo a cuerpo por todas sus calles. Cuando la ciudad finalmente se rindió llegó la hora de la venganza. Todos aquellos que hubieran participado en los combates fueron conducidos a la plaza de toros de la ciudad, también todos aquellos de los que se sospechaba su pasado izquierdista o contrario a la rebelión. Se cree que más de 2.000 personas fueron ejecutadas sin previo juicio en la plaza de toros de Badajoz. Un periodista extranjero, consciente de la masacre fue a visitar a Juan Yagüe y le preguntó por la brutalidad de los fusilamientos. El teniente coronel se limitó a responder: -“¿cree usted que iba a tomar 4.000 prisioneros rojos mientras mi columna seguía adelante contrarreloj?, ¡claro que los fusilamos! ¿acaso los tenía que haber dejado detrás mío para permitir que Badajoz fuera roja otra vez?”.

No se sabe exactamente cuantas personas murieron en la matanza de Badajoz. El avance de la columna de Yagüe se reemprendió el 20 de agosto con su rastro de muerte y destrucción. A finales de agosto ya había alcanzado el valle del Tajo, el gobierno republicano, que empezaba a darse cuenta de la ineficacia del sistema de milicias no podía permitirse lanzar a todos sus hombres a una batalla en campo abierto donde las tropas nacionales luchaban en completa ventaja, por tanto no hacía más que retirarse. El 3 de septiembre ya habían perdido Talavera, en la provincia de Toledo. Mientras tanto en el norte, las columnas del general Mola aislaron aún más al País Vasco al tomar Irún el 2 de septiembre cerrando así la frontera francesa al territorio republicano del norte. En Aragón se asistió a una total paralización de los frentes, ni republicanos ni nacionales estaban en condiciones de poder armar una ofensiva importante, la guerra se definía allí por leves golpes de mano y pequeñas e insignificantes conquistas de territorio.

El 9 de agosto se llevó a cabo la mayor ofensiva republicana desde el inicio de la guerra, ésta tenía por objetivo un desembarco anfibio en Mallorca al mando de los capitanes Alberto Bayo y Manuel Uribarri. La ofensiva fue planteada por la Generalitat catalana sin consultar con Madrid. Pero tras un desembarco sin incidentes, los nacionales dispusieron de un tiempo precioso para reorganizarse y con apoyo de la aviación italiana realizar un contraataque el 3 de septiembre que tornó las posiciones republicanas en indefendibles. Se decidió la evacuación del contingente enviado que dejó en la isla grandes cantidades de equipo y armamento.

Mientras la República fracasaba militarmente los nacionales reemprendieron el avance sobre Madrid. Tras un descanso muy necesario impuesto a las fuerzas de Africa, el 21 de septiembre los nacionales tomaron Maqueda pero entonces el mando nacional tuvo que enfrentarse a un dilema. ¿liberarían Toledo, que estaba a sólo 40 km o proseguirían su marcha a Madrid? Franco lo tuvo siempre claro, marcharía hacia Toledo para liberar el Alcázar.

Este episodio abriría paso a uno de los símbolos de la España nacional. En Toledo el alzamiento había fracasado pero en su principal fortaleza, el Alcázar, resistía desde el principio de la guerra un coronel llamado José Moscardó, partidario de los sublevados. Los republicanos estaban decididos a acabar con ese foco de resistencia pero aunque intentaron diversos asaltos siempre fueron rechazados por una resistencia tenaz de sus defensores. El 26 de septiembre las columnas del Ejército de Africa llegaron a Toledo y los milicianos republicanos se batieron en desbandada. La liberación del Alcázar supuso un brillante triunfo para el general Franco pero este triunfo se convirtió en un arma de doble filo pues el retraso de casi un mes impuesto por la necesidad de liberar el Alcázar dio a los republicanos el tiempo suficiente de preparar la batalla de Madrid.